Pensamiento medieval

Convencidos de que Dios se revela en toda su plenitud dentro de la fraternidad que trabaja para su gloria, la comunidad operativa revelaba a sus nuevos miembros su razón de ser. En ella se aprende el oficio de hombre y, como afirmaban los antiguos estatutos del cantero, «quien quiera convertirse en maestro debe conocer el oficio». La fraternidad los guía por el camino de un conocimiento tan esbelto como un arbotante, tan poderoso como una torre, tan sereno como un ábside…

En ella, el Aprendiz se inicia en el misterio, comulga con los símbolos y aprende los secretos del oficio mediante una serie de rituales prácticos, derivados del trabajo operativo primitivo. Para la concepción medieval del mundo, la visión limitada del trabajo a pie de obra era suficiente para el cantero. Bastaba recorrer con la vista las imágenes alegóricas representadas en el plano de la fachada, organizadas en celdillas y dispuestas según una secuencia de lectura, para relacionar ese orden anecdótico con la geometría significativa que hallaría en el interior.

La construcción del templo, convertido en crisol, se convierte en soporte del conocimiento que se transmitía por el trabajo, era una escuela de misterio donde se compartía algo más que recetas prácticas y consejos gremiales. Cada fenómeno ocupaba un lugar y una escala moral. El edificio, así, actualizaba principios que existían en el subconsciente colectivo, rescatados y aflorados por los símbolos que el cantero maneja con el conocimiento íntimo de su ser, a donde traslada las conclusiones trascendentes que descubría en la piedra.

El constructor estaba convencido, además, de que la Tierra era el centro del universo por haber sido el lugar elegido por Dios para encarnarse; el Axis Mundi alrededor del cual todo se mueve. Con cada golpe de cincel sobre la piedra bruta, comprueba que la creación del mundo no acabó en aquel séptimo día, de descanso y contemplación; que Dios, desde algún lugar, mantiene las cosas creadas para que permanezcan inmutables; y que cuando algo se desvía del orden establecido, el poder divino intervendrá y lo restituirá.

En su fuero interno el cantero tiene perfectamente definidas y comprobadas prácticamente estas verdades, mientras labra golpe a golpe (como el respirar que nos mantiene vivos) el sillar, que la naturaleza de las cosas lleva implícitas cuatro acciones: Generación-Aniquilación; Evolución-involución; Desarrollo-retroceso; Funcionamiento.

La generación se opone a la aniquilación, como el uno que lleva implícito su antagónico, también uno, y juntos conforman un tercer elemento, distinto de los anteriores. Evolución y su antagónico la involución, ambos de características diferentes, consecuencia del reordenamiento de sus elementos, o bien de los “entes físicos” en el interior de los “componentes” que constituyen el sistema en sí. Una tercera acción sería el desarrollo, entendido como que el sistema crece por el agregado de componentes idénticos a los que ya posee; por lo que las propiedades cualitativas y esenciales no cambian, sólo su tamaño. Finalmente, la última acción sería el funcionamiento que hace que un sistema se comunique internamente consigo mismo.

Aplicando estas acciones a su trabajo, a su educación y a las relaciones con los seres y objetos que le rodean, el mundo es un sistema que se autogenera y se autodestruye, que evoluciona e involuciona, se desarrolla y, finalmente, funciona.

El que un sistema complejo se le resista no invalida la Ley interna que lo sostiene; aunque la desconozca. De ahí que el objetivo del cantero sea reducir a Leyes simples los sistemas más complejos; es decir, resumir conceptos abstractos difíciles de explicar con palabras en signos y marcas simples, símbolos gráficos más bien, de objetos cotidianos que le sirven de portal de acceso al conocimiento superior que, por otro lado, es también simple y sencillo.

Por ello, no pretendamos descubrir en las marcas más allá de lo evidente en una primera fase. Después, esta interpretación simple se podrá desarrollar hasta alcanzar lo inalcanzable; pero, al Sabio, al buscador de la verdadera Verdad, le bastará constatar que la Sabiduría sigue siendo una gran simpleza.

Pongamos un ejemplo. Descubrimos una marca que tiene forma de "T", mayúsculas, es interpretable como "te" o "tau". Probablemente, queramos ir más lejos e imaginaremos que el cantero quiso decirnos que es la primera letra de la Fraternidad a la que está asociado y a que da cuenta. Enseguida se nos abren nuevas perspectivas de investigación; pero, ¿es eso lo que quiso señalar? El secreto que obligaba a los miembros de estas fraternidades, le prohibía hacer pública su pertenencia a la misma, bajo pena de expulsión, ¿cómo alardeará de esta condición? ¿Creéis que el cantero medieval, inmerso en una mística trascendente, comprometido con los compañeros en la edificación del recinto que alojará a la deidad tendrá la desfachatez de manchar el sillar con la capitular de su nombre? ¿Se lo permitirían sus compañeros? En la mentalidad del cantero esa misma "T" puede ser el resultado de una profunda abstracción de la forma de una herramienta que emplea a diario y a la que le da una importancia trascendente: Es un martillo o una escoda, un instrumento que en manos apropiadas es capaz de modelar la piedra más dura. El panorama que nos brinda esta nueva visión es mucho más espiritual, y acorde con la enseñanza esotérica que desea trasmitir.

Y en este marco debemos interpretar la "W", como síntesis formal de una regla plegable; al igual que la M o la N. La "I" es un puntero, como las flechas con puntas que llevan una misma dirección, o las "íes" mayúsculas con peana triangular. Una "V" es un compás que se utilizaba para llevar medidas; la "A" mayúsculas, un compás de trazado; etcétera.

¿Cuándo interpretar la forma de una letra como signo de escritura? Pienso que cuando la letra viene con serif, esos segmentos en los que acaba las líneas que la conforman.

Recordemos la cita de Platón sobre la naturaleza del Conocimiento trasmitido por Pitágoras y del que él se siente poseedor por derecho propio: «El que ha captado una vez esta enseñanza, no corre peligro de olvidarla; pues, se trata de algunas fórmulas muy breves… Sólo unos pocos hombres las conocen.»

Debe ser así de simple y sencillo porque el pitagorismo formó parte de la trimurti o los tres semblantes de la misma Verdad Mística: La hebrea, que lo hace con la Cabalá (que participa de la simbología geométrica y del número cuando trabaja con la gematría y los cálculos místicos), cuya finalidad es entender la Mercaba. Para ello dispone de los símbolos geométricos en la Cabalá, inscritos genéricamente en un círculo, reflejo de la esfera cósmica y del equilibrio cristalino estático que representan los polígonos estrellados inscritos en ella: Pentagrama para el Hombre; Decágono estrellado, para el Cosmos; Hexagrama o sello de Salomón, símbolo de la materia no organizada, Natura naturata; etcétera. De los saberes egipcios, denominado Hermetismo, o doctrinas secretas de Hermes Trimegisto (cuyas enseñanzas, Kybalion, comprende siete principios de la verdad); y, finalmente, del helenismo, mediante el Iéros Logos.

Por ello, por las tres vías es posible llegar a la misma Verdad, sencilla, única, plena.

© Álvaro Rendón Gómez

 

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