Las marcas de cantería en el contexto de la arquitecura medieval - Los signos lapidarios en forma de ballesta y sus correspondencias con las trazas de los edificios

Los signos lapidarios en forma de ballesta y sus correspondencias con las trazas de los edificios


Del estudio de los signos lapidarios en forma de ballesta se desprenden ciertos patrones geométricos muy concretos que difícilmente pueden ser fruto del azar. Parece más bien que se trata de la concreción de un pensamiento, una idea; como si los lapidarios fuesen las letras de un alfabeto cuyo objetivo radicase en representar formalmente y de modo sincrético un axioma, la demostración de un teorema. Pero antes de entrar en detalle, veamos cuáles son y cómo se denominan las diferentes partes de una ballesta, lo que nos permitirá describir a continuación las correspondencias entre los lapidarios y las trazas de los edificios.

 

Figura 7. Ballesta típica del siglo xv.

 

a) El «arco», también denominado «verga», de acero o madera, que tiene un canal donde se coloca la flecha.

b) El «tablero», también llamado “cureña», casi siempre de madera, aunque en algunas ocasiones también de hierro forjado o acero.

c) La «nuez», pequeño disco que sirve para sujetar la cuerda tensada hasta que el arma esté cargada y lista para disparar.

d) La «llave» o «manija» que hace la función de gatillo.

e) En ocasiones, también se incorporaba el «cranequín», un artilugio mecánico que, haciendo girar una biela, tensaba la cuerda de la ballesta al avanzar la rueda dentada por una guía.

f) La ballesta consta, además, de una especie de culata, que el ballestero apoyaba en el hombro para apuntar, y en el extremo opuesta un estribo o gancho para sujetarla y facilitar su carga.

Después de haber recogido y examinado un buen grupo de signos lapidarios en forma de ballesta las principales correspondencias entre sus proporciones y las trazas de los templos donde se encuentran se resumen en las siguientes proposiciones:

a) Al redimensionar los lapidarios en forma de ballesta tomando como referencia el tamaño del travesaño respecto a la longitud de la nave mayor la cuerda del arco suele indicar el ancho de la misma o bien del transepto.

b) El radio del arco también suele coincidir con la disposición del presbiterio o bien con la del centro del ábside, incluyendo las capillas de la girola si las hubiera.

c) Una vez colocado el lapidario sobre la planta del templo de esta manera, el gatillo, que suele estar representado mediante un segmento recto, oblicuo o perpendicular al travesaño, suele prolongarse hasta las esquinas de la nave mayor, indicando el ancho de la misma. En otros casos, el gatillo combina un segmento recto con otro curvo, indicando la disposición de las columnas y las pilastras que sirven para distribuir el espacio interior de la iglesia y si se trata de una nave única o por el contrario se encuentra dividida en tramos.

d) En ocasiones, también hemos observado que la nuez coincide con la mitad del largo de la nave mayor o bien con la ubicación de las pilastras que dividen la nave principal en tres tramos, como sucede con los lapidarios en forma de ballesta del monasterio de la Oliva.

e) En otros casos, la culata de las ballestas está representada en forma de espiral, al estilo de los lapidarios en forma de báculo. Cuando es así, como sucede en el monasterio de la Oliva, las formas curvas se adaptan a las dimensiones de las pilastras de la nave mayor.

 

Figura 8. Algunos ejemplos de signos lapidarios en forma de ballesta superpuestos sobre las plantas de los templos donde se encuentran. a) Monasterio de Santa María de la Oliva. b) y c) Monasterio de Irache. d) Basílica de San Isidoro de León. e) Santa María la Real de Sangüesa. f) San Miguel de la Escalada.

 

En la figura 8 se puede observar cómo en función de las trazas de los templos donde se encuentran los lapidarios en forma de ballesta se adaptan a las proporciones de sus trazados. Esto nos hizo pensar que debía haber algún tipo de metodología que sirvió para establecer las proporciones tanto de los unos como de los otros. Podría parecer trivial que se adapten a las trazas de templos en planta de cruz latina. Sin embargo, un examen más detenido revela que, en función de la configuración y la articulación del edificio en cuestión, las proporciones de los lapidarios reproducen las peculiaridades propias de cada trazado, por lo que si tratamos de superponerlas sobre las plantas de otros templos no se ajustan como cabría esperar si tan sólo se tratase de una cuestión fruto del azar.

Como hemos dicho, a primera vista el hecho que los lapidarios en forma de ballesta muestren coincidencias con las trazas de los templos podría considerarse un resultado natural y hasta previsible habida cuenta de la forma en cruz de ambos. Si bien es cierto que los diseños en cruz latina son una constante en las iglesias estudiadas, no sucede lo mismo con sus proporciones, pues son relativas y cada una tiene sus particularidades. Las hay con transeptos pronunciados y otras que no lo tienen; en ocasiones el cruce de naves se encuentra muy próximo a la cabecera y otras veces no es así, por otro lado, las ballestas suelen proporcionar información sobre el ancho de las naves y la ubicación del crucero o del ábside en relación al transepto, y en este sentido cada iglesia es única. Para comprobar esto sólo hay que realizar el ejercicio de superponer uno de los lapidarios en forma de ballesta localizados en un templo sobre la planta de otro.

Para entender mejor la naturaleza del problema que plantea este análisis nada mejor que recurrir a un ejemplo. En la localidad navarra de Carcastillo se encuentra el monasterio de Santa María la Real de la Oliva. Esta iglesia románica es un auténtico catálogo de marcas de cantero. Se pueden observar una gran variedad de tipologías, entre ellas un buen surtido de lapidarios en forma de ballesta. Como se puede ver en la figura 9 las coincidencias entre el diseño del lapidario en forma de ballesta y las trazas de la iglesia del monasterio de la Oliva son significativas. Si colocamos el lapidario sobre la planta de forma que la cuerda de la ballesta se ajuste a la longitud interior del transepto entonces el arco pasa por el mismo centro del ábside, mientras que el travesaño señala la longitud de la nave mayor, desde el pórtico al pie hasta el centro del ábside, y el gatillo acota el ancho de la misma.

 

Figura 9. Lapidario en forma de ballesta del monasterio de Santa María la Real de la Oliva sobre la planta de la iglesia.

 

Si ahora tomamos, por ejemplo, la planta de la ermita de San Bartolomé, que cuenta con su respectivo lapidario en forma de ballesta, y seguimos el mismo método de forma que el diámetro del arco coincida con la longitud interior del transepto no se observan correspondencias que puedan considerarse significativas.

 

Figura 10. Lapidario en forma de ballesta del monasterio de Santa María de la Oliva sobre la planta de la ermita de San Bartolomé del río Lobos.

 

Aunque nos esforcemos en encontrar analogías formales entre la ballesta del monasterio de la Oliva y las trazas de la planta de la ermita de San Bartolomé nos va a resultar muy difícil por no decir imposible. Veamos qué pasa si colocamos el signo lapidario de forma que el arco de la ballesta coincida con la longitud interior del transepto.

 

Figura 11. Lapidario en forma de ballesta de la ermita de San Bartolomé del río Lobos sobre la planta del monasterio de Santa María de la Oliva.

 

Como es lógico, al realizar el ejercicio a la inversa y superponer el lapidario en forma de ballesta de la ermita de San Bartolomé sobre la planta de la iglesia del monasterio de la Oliva tampoco se observan coincidencias que sean notables: ni la cuerda ni el arco, menos aún la longitud del travesaño o el gatillo, se adaptan a las trazas como sucede cuando comparamos la marca de cantería con las trazas del templo al que pertenece.

De todo ello se desprende que el problema no es tan sencillo como parece, y que si bien podría atribuirse el origen de las correspondencias entre los lapidarios en forma de ballesta y las trazas de los edificios a las restricciones propias del diseño impuestas por las plantas en cruz latina, también es cierto que cada iglesia tiene sus particularidades, lo que estaría indicando la existencia de algún tipo de vínculo entre la geometría de ambos.

En otras ocasiones se pueden observar en un mismo edificio varios tipos de lapidarios en forma de ballesta. En estos casos, si convenimos que se trata de marcas de cantero realizadas durante la construcción de la obra que reproducen las proporciones del edificio, éstas serían expresiones de otras tantas operaciones relacionadas con las trazas del edificio como podrían ser la distribución de los espacios interiores, la acotación perimetral del conjunto o bien la disposición y el diseño de pórticos, vanos, atrios, columnas y otros elementos arquitectónicos [18].

 


 

[18] Un buen ejemplo lo encontramos en San Miguel de la Escalada, donde hay dos lapidarios en forma de ballesta, grabados en el cuerpo románico que fue añadido al templo mozárabe primitivo, que reproducen sus dimensiones con gran exactitud y fueron obtenidas a partir de la sección áurea. La iglesia mozárabe de San Miguel de la Escalada fue construida por monjes cordobeses procedentes de Al-Andalus bajo la dirección el abad Adefonso. Partieron de los restos de un templo visigótico del siglo VII, totalmente en ruinas, dedicado a San Miguel Arcángel. La iglesia se consagró el 20 de noviembre del año 913, según sabemos por una lápida que recogió Risco hoy desaparecida.

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